De Madrid al cielo: cuando la capital mira a la montaña

Mis primeras experiencias

Alfredo Maestro me llamó hace años para ir a San Martín de Valdeiglesias. Había montado una pequeña bodega para trabajar unas garnachas viejas que encontró abandonadas. «Vicente, esto es diferente», me dijo. Tenía razón: aquellas viñas centenarias estaban a menos de una hora de Madrid, y yo nunca había oído hablar de ellas.

Años después, esa pregunta seguía rondándome. Volví a la zona, esta vez con mi hija Belén, para visitar Las Moradas de San Martín. Isabel Galindo nos llevó a viñas a más de 900 metros de altitud. Mientras nos enseñaba aquellas cepas retorcidas, señaló hacia el sur: en días claros como aquel, se veían los edificios más altos de Madrid.

Viñedos de San Martín de Valdeiglesias con la Sierra de Gredos al fondo
La viticultura de montaña en la San Martín de Valdeiglesias. Cepas bajas y suelo de tonos rojizos en una ladera, con la sierra cubierta por nubes al fondo.

La paradoja me golpeó: Madrid, ciudad de cinco millones de habitantes, vive de espaldas a un tesoro vitivinícola que tiene prácticamente en su patio trasero. Y no estoy hablando de vinos anecdóticos o de una cooperativa perdida. Son vinos que emocionan, de hecho, son algunos de los vinos más emocionantes que se están elaborando hoy en España.

Esta es la historia de esa zona olvidada. De cómo la subzona de San Martín de Valdeiglesias, dentro de la Denominación de Origen Vinos de Madrid, merece mucha más atención de la que recibe. Y de por qué deberías darle una oportunidad si aún no conoces sus vinos.

La denominación fantasma

Ahora viene la parte incómoda: explicar por qué estos vinos extraordinarios están bajo una denominación que casi nadie conoce.

La DO Vinos de Madrid nació en 1990 y abarca cuatro subzonas: San Martín de Valdeiglesias, Arganda, Navalcarnero y El Molar. Casi 9.000 hectáreas y más de 40 bodegas. Sobre el papel, todo correcto.

Cuatro subzonas, un solo nombre

Pero el asunto de las cuatro subzonas tiene un problema: los Tempranillos del Molar o Arganda no tienen nada que ver con las Garnachas de San Martín. Son suelos diferentes, climas diferentes, uvas diferentes. Agruparlos bajo la misma denominación diluye la identidad de cada zona.

El resultado: las Garnachas de San Martín, que comparten muchísimo más con las de Méntrida (Toledo) o Cebreros (Ávila) que con el Tempranillo de Arganda, quedan eclipsadas bajo una marca paraguas que no las representa.

Mapa de la Comunidad de Madrid y Ávila que muestra las subzonas de la D.O. Vinos de Madrid (San Martín y Arganda del Rey) y la D.O. Cebreos (Ávila), con líneas que indican 5 km y 130 km de distancia entre ellas.
El absurdo geográfico/administrativo: Mapa que ilustra la gran distancia entre las subzonas de la D.O. Vinos de Madrid (San Martín, Arganda del Rey) y la cercanía a Cebreos (Ávila).

El absurdo de los cinco kilómetros

Te pongo un ejemplo concreto: puedes estar bebiendo un vino de Cadalso de los Vidrios (Madrid) y otro de Cebreros (Ávila), de viñas separadas por apenas cinco kilómetros, con la misma garnacha vieja, el mismo suelo granítico, incluso el mismo clima. Pero uno lleva la etiqueta «Vinos de Madrid» y otro «Cebreros». Mientras tanto, ese vino de Cadalso comparte denominación con un Tempranillo de Arganda que está a 130 kilómetros y en un ecosistema completamente distinto.

Entiendo que las líneas administrativas son las que son, pero las denominaciones de origen deberían responder a la realidad del terruño, no a mapas políticos. En este caso, las administraciones autonómicas no han hecho ningún favor al consumidor.

¿Tiene alguna ventaja esta organización? Sí: permite que todas las bodegas madrileñas aúnen esfuerzos en promoción y comercialización, algo que de otra forma sería muy complicado para productores pequeños. Las soluciones perfectas no existen, pero al menos debemos ser conscientes de lo que estamos bebiendo.

El territorio: granito, altitud y viñas viejas

Vayamos al terreno. Literalmente.

La subzona de San Martín de Valdeiglesias abarca principalmente dos municipios: San Martín de Valdeiglesias y Cadalso de los Vidrios. Aquí, las viñas trepan desde los 700 hasta los 1.100 metros de altitud. Para que te hagas una idea: las viñas de Las Moradas, a 900 metros, están más altas que muchos pueblos de montaña españoles.

La magia del granito

Recuerdo el crujir de aquel suelo de arena gruesa cuando lo pisábamos en Las Moradas. Isabel nos explicó que no todo granito es igual: el de Gredos tiene una composición específica que se traduce directamente en la copa. No es solo poesía: ese suelo marca los vinos con una elegancia y frescura que no encuentras en otras garnachas españolas.

En la formación WSET apenas se habla de mineralidad, pero cuando pruebas estos vinos —esa elegancia, esa frescura, esas notas a fósforo y piedra húmeda— sientes que deberían revisarlo.

El clima continental extremo

Cuando se habla de terroir, no solo estamos refiriéndonos al suelo granítico, sino a todo lo que rodea a las viñas. Y el clima de Gredos tiene una influencia brutal en los vinos.

Esos inviernos gélidos y veranos abrasadores, con amplitudes térmicas de hasta 20°C entre el día y la noche, obligan a las viñas a hundirse profundo en la roca, como si quisieran abrazarla para sobrevivir. El resultado: raíces que perforan el granito disgregado buscando vida, plantas más sanas, uvas con más concentración y complejidad aromática. Todo está conectado.

El tesoro de las viñas viejas

Cuando pienso en que toda esta maravilla estuvo a punto de perderse, como ya te conté cuando hablamos de Cebreros, me da un cierto escalofrío. Muchas de estas viñas tienen 50, 70, incluso 100 años. Nada de esto hubiera sido posible si no las hubieran recuperado unos cuantos enamorados de la tierra.

El destino quiso que el abandono preservara esta herencia que ahora, gracias a Dios, está recuperada y puesta en servicio.

Cepa centenaria de Garnacha en San Martín de Valdeiglesias
Racimos de Garnacha Tinta en el viñedo de Arroyo del Tórtolas, mostrando la potencia y la densidad de las cepas viejas.

Las variedades: Garnacha y Albillo Real

La reina de Gredos

La Garnacha es la reina indiscutible de Gredos. Y no por casualidad: esta variedad se adapta a la perfección al clima de montaña y al granito. Cuando los pioneros empezaron a recuperar viñedos abandonados, la encontraron por todas partes.

Es una variedad que cambia radicalmente según el suelo donde crece. En Priorat o Aragón da vinos estructurados y potentes. En Gredos, todo lo contrario: elegancia y delicadeza.

Viticultor trabajando viñas centenarias de Garnacha en San Martín de Valdeiglesias
La Garnacha en la cepa vieja. Una mano recolecta un racimo maduro listo para la vendimia.

Aquí, en las estribaciones madrileñas de la sierra, resalta la fruta roja fresca, la violeta, la lavanda (la próxima vez que veas una planta, toca las flores azules y llévate la mano a la nariz), especias como la pimienta. Y el granito añade esas notas minerales que tanto me fascinan: fósforo, piedra húmeda. Me recuerdan, salvando las distancias, a ciertas garnachas del sur del Ródano: esa combinación de fruta fresca y hierbas mediterráneas, pero con más frescura por la altitud.

Y algo crucial: la mayoría de la Garnacha de esta zona procede de viñas viejas, muchas con más de 50 años. Eso se nota en la copa: mayor concentración aromática, más complejidad, más personalidad.

La uva olvidada

Si la Garnacha es la reina, el Albillo Real es el príncipe olvidado de esta zona. No debe confundirse con el Albillo Mayor de Ribera del Duero, aunque ambas comparten una historia similar de abandono y recuperación. Es una uva que no se vinificaba mucho, reservándose casi como uva de mesa.

Con el renacimiento de Gredos ha comenzado a tomar un merecido protagonismo, dando vinos con una cierta estructura, que aguantan muy bien la crianza en madera, ganando en complejidad y longevidad.

"Racimo de Albillo Real, variedad blanca autóctona de San Martín de Valdeiglesias"
Albillo Real: la uva blanca autóctona y de calidad de la Sierra de Gredos, con racimos de color dorado-verdoso.

Recuerdo una cata que organicé con unos amigos convencidos de que no les gustaban los blancos. Serví únicamente Albillos Real de Madrid. Todavía sonrío cuando recuerdo sus caras de asombro.

El renacimiento: quién está haciendo vinos aquí

Como te conté al principio, quien llamó mi atención sobre estas garnachas fue mi amigo Alfredo Maestro, pero hubo otros que iniciaron este camino antes que él.

Los pioneros de la recuperación

Justo cuando parecía que estas garnachas centenarias iban a desaparecer, empezaron a llegar los recuperadores.

Las Moradas de San Martín fue la primera, allá en 1999. Donde Isabel Galindo nos recibió a Belén y a mí para enseñarnos aquellas viñas centenarias a 900 metros de altitud. Su Senda es un ejemplo perfecto de lo que puede hacer la garnacha en altura: pureza varietal con crianza comedida en barrica francesa.

Poco después llegó Bernabeleva (2006), que en sus inicios contrató como asesor a Raúl Pérez. Recuerdo, hace unos quince años, una cata en La Tintorería —una de las mejores vinotecas de Madrid— donde uno de los propietarios contaba entusiasmado las «extrañas» formas de trabajar de Raúl: maceraciones largas, manteniendo algo de raspón en la fermentación. Una forma de elaborar tintos que sorprendía en aquel momento. Hoy su Camino de Navaherreros (~11€) es la puerta de entrada perfecta a este estilo.

Vendimia manual en San Martín de Valdeiglesias
Labores de campo en el viñedo al amanecer. El trabajo manual y la dedicación son la base de los vinos de Gredos.

En 2008 llegó Marañones, el proyecto de Fernando Cornejo con el enólogo Fernando García, uno de los fundadores de Comando G. Recientemente fue adquirida por Alma Carraovejas. Confieso que estas operaciones siempre me generan dudas, pero de momento la filosofía de la bodega se mantiene intacta.

Alfredo Maestro inauguró su pequeña bodega en San Martín en 2012, compaginándola con su trabajo en Ribera del Duero y otras zonas. Fue su llamada la que me hizo descubrir estas viñas olvidadas. «Vicente, esto es diferente», me dijo. Y tenía razón.

También los hermanos Ocaña apostaron por recuperar el legado vitivinícola familiar con Valleyglesias: Fernando, ciclista profesional de MTB, y Luis, músico de un grupo de pop. Una combinación curiosa que está dando lugar a vinos con gran personalidad. Su Valleyglesias G3, con un toque de Syrah, muestra una interpretación algo más estructurada de la Garnacha de Gredos, aunque es cierto que cuando la probé era aún un poco joven.

Una filosofía compartida

Todos estos proyectos comparten algo más que el territorio: son viticultores que pasan más tiempo entre cepas que en la bodega. Apuestan por la viticultura ecológica, la mínima intervención en bodega, y dejar que el granito hable. Algunos están dentro de la DO Vinos de Madrid, otros han optado por Vino de la Tierra. Pero todos buscan lo mismo: expresar la pureza de estas garnachas viejas en altura.

No son vinos que buscan impresionar con potencia o madera nueva agresiva. Son vinos que piden atención, que invitan a escuchar. Y cuando lo haces, descubres por qué esta sierra tiene cada vez más seguidores.

Viticultor trabajando viñas centenarias de Garnacha en San Martín de Valdeiglesias
La Garnacha en la cepa vieja. Una mano recolecta un racimo maduro listo para la vendimia.

Ejercicio práctico: Investiga tu propia capital

Madrid tiene San Martín de Valdeiglesias a menos de una hora. Barcelona tiene Alella y el Penedès. Valencia tiene Utiel-Requena. Muchas grandes ciudades españolas tienen zonas vitivinícolas históricas prácticamente en su patio trasero que casi nadie conoce.

Te propongo un ejercicio:

Investiga si existe una denominación de origen o zona vitivinícola en un radio de 100 kilómetros de donde vives. Si la encuentras, dedica una tarde a descubrir su historia: qué variedades se cultivaban, por qué se abandonó (si es el caso), quién está haciendo vinos ahora.

Después, haz una pequeña cata comparativa. Busca un vino de esa zona «olvidada» y otro de una denominación famosa a precio similar (entre 10 y 15 euros funciona bien). Sírvelos a la misma temperatura, con la misma comida sencilla. Anota qué sientes en cada uno antes de saber cuál es cuál.

¿La zona olvidada tiene algo que decir? Probablemente sí. Y si vives lejos de Madrid o no tienes una zona vitivinícola cerca, haz el ejercicio con San Martín de Valdeiglesias: busca un Camino de Navaherreros de Bernabeleva o un Senda de Las Moradas, y compáralo con una Garnacha de Campo de Borja o Priorat de precio similar.

Cuéntame qué descubriste. Puedes compartirlo en redes etiquetando a @vidaentrevinos o escribirme directamente. Me encantará conocer tu experiencia y qué zonas olvidadas estáis descubriendo.

Al final, de eso se trata: de salir de lo conocido y darle una oportunidad a lo que está esperando ser descubierto.

 

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