¿Por qué todo el mundo habla de la Sierra de Gredos?

La historia de una revolución tranquila en el vino español

El rumor que sube por la montaña

Mi amigo Alfredo Maestro, que ya elaboraba en Peñafiel y Cigales, me llamó un día para contarme que había encontrado unas viejas cepas de Garnacha abandonadas en San Martín de Valdeiglesias, en la sierra de Gredos. «Vicente, esto es diferente», me dijo. Decidió montar allí mismo una pequeña bodega para trabajar aquellas viñas olvidadas.

Fue entonces cuando empecé a escuchar a algunos bodegueros hablar del creciente prestigio de esta región, una zona a caballo entre Castilla-La Mancha, Castilla y León y la Comunidad de Madrid. En aquellos años, Gredos comenzaba a aparecer en las principales revistas especializadas y a colarse en las cartas de restaurantes con estrella Michelin. Si alguna vez visitas Noma, en Copenhague, verás que incluso allí figura un vino de Alfredo.

Pero ¿cómo es posible que una cadena montañosa tan escarpada y austera —situada entre Madrid, Ávila y Toledo— se haya convertido en la nueva «Borgoña española»? ¿Cómo pasó de los vinos de pitarra y las cooperativas de volumen a ser el epicentro de una de las revoluciones vinícolas más emocionantes del país?

Esa es la historia que merece ser contada.

Un vendimiador a contraluz camina por el viñedo cargando una cesta de uvas al amanecer o atardecer en la Sierra de Gredos.
Razón nº 1: El factor humano. La vendimia en la sierra de Gredos es manual, de cestas y esfuerzo, aprovechando las horas más frescas del día para que la uva llegue perfecta a la bodega.

La generación que cambió el mapa

Durante buena parte del siglo pasado, el abandono rural dejó cicatrices profundas en la Sierra de Gredos. Muchas parcelas viejas de Garnacha quedaron olvidadas, cubiertas de matorral, y solo algunas cooperativas locales mantuvieron viva la tradición de elaborar vino. Lo que hoy celebramos como autenticidad nació, en realidad, del abandono.

A comienzos de los años 2000, algunos viticultores inquietos empezaron a mirar hacia esas montañas con otros ojos. Entre los primeros estuvieron Telmo Rodríguez y Raúl Pérez, dos nombres fundamentales en la historia reciente del vino español. Ambos comprendieron, desde el principio, que aquellas viñas escondidas en terrazas imposibles  guardaban un potencial único.

Telmo aún mantiene en Cebreros su proyecto Pegaso, donde trabaja parcelas de granito y de pizarra con el mismo respeto con el que se aborda un viñedo borgoñón. Sus vinos superan el límite de precio habitual de este cuaderno, pero su importancia histórica en Gredos es innegable. Recientemente hemos tratado Cebreros, el corazón ancestral de Gredos.

Raúl Pérez, por su parte, fue decisivo en los primeros pasos de esta revolución. Asesoró a bodegas como Bernabeleva, ayudando a definir un estilo que rompía con la potencia excesiva de otras Garnachas españolas. Aquellos vinos, más elegantes y fluidos, marcaron un antes y un después.

Recuerdo un salón de vinos en Madrid, hace ya varios años: entre decenas de etiquetas, los vinos que más me sorprendían por su personalidad eran precisamente los que llevaban el sello de Raúl. Con el tiempo, cada bodega siguió su camino —como hijos que se emancipan de sus padres—, pero todas conservaron esa búsqueda de pureza que él supo despertar.

Primer plano de las hojas verdes y frondosas de una cepa de Garnacha en la Sierra de Gredos, con un viticultor trabajando al fondo.
Razón nº 2: La Garnacha de altitud. La protagonista de la revolución. Cepas viejas adaptadas a la altura y al suelo de granito que ofrecen vinos finos, elegantes y llenos de frescura.

Los nuevos viñadores de Gredos

Hoy, los herederos de aquel impulso son una generación de viñadores —como ellos mismos prefieren llamarse— que pasan más tiempo entre cepas que frente al ordenador. Entre ellos destacan algunos nombres imprescindibles:

  • Comando G — Fundado en 2008 por Fernando García y Marc Isart como el «Comando Granito». Desde 2015, tras la salida amistosa de Marc hacia otros proyectos, Fernando continúa con Daniel Gómez Jiménez-Landi (Dani Landi) como socio. Los «rockstars» de Gredos. Su trabajo parcelario es legendario. Vinos como Rumbo al Norte (de una minúscula parcela de pizarra a 1.200 metros) o Tumba del Rey Moro se han convertido en iconos de la pureza y la emoción.
  • Bodega Marañones — En San Martín de Valdeiglesias, el proyecto de J. Fernando Cobián, con Fernando García como enólogo. Peña Caballera o el blanco Piel con Piel reflejan la elegancia más fina del granito.
  • Bernabeleva — Uno de los proyectos pioneros en San Martín de Valdeiglesias, liderado por la familia Benito. En su inicio contaron con el asesoramiento de Raúl Pérez, cuya visión ayudó a definir el estilo inicial de la bodega. Raúl Pérez hoy desarrolla sus propios proyectos fuera de Gredos, pero su huella permanece en la identidad elegante y mineral de vinos como Carril del Rey o Arroyo del Tórtolas.
  • 4 Monos Viticultores — Cuatro amigos que apostaron por la frescura y la naturalidad. La Danza del Viento muestra la cara más jugosa y accesible de Gredos.
  • Telmo Rodríguez (Pegaso) — El «padrino» del movimiento, el primero en creer que Gredos podía hablar el lenguaje de los grandes terroirs. Fue único al explorar no solo el granito, sino también las parcelas de pizarra de Cebreros, ofreciendo una fascinante comparativa de suelos.
  • Daniel Ramos / Zerberos — En el Valle del Alberche, defiende una Garnacha más profunda, sin perder equilibrio ni autenticidad.

Todos ellos comparten una misma idea: el vino nace en la viña y se cuenta desde la montaña.

El nuevo lenguaje del vino

Recuerdo cuando empecé a interesarme de verdad por el mundo del vino. Una de las primeras presentaciones a las que asistí fue sobre Garnachas aragonesas, en la antigua tienda Lavinia de Ortega y Gasset —hoy tristemente cerrada—.

La dirigía Javier Campo, entonces Master of Wine, y fue una de esas sesiones que combinaban rigor y espectáculo. Campo era un auténtico maestro en el arte de seducir a un público con una copa en la mano.

Aquellos vinos eran intensos: concentrados, con una marcada presencia de madera y mucho cuerpo. Era la estética dominante de la época, influenciada por el gusto de Robert Parker Jr., con quien Javier colaboraba.

Sin embargo, en aquella brillante presentación hubo —quizá sin quererlo— un error. Para resaltar las potentes Garnachas aragonesas, incluyeron como contrapunto una Garnacha de Madrid. Y fue ese contraste el que cambió mi manera de entender el vino: mientras unas copas impresionaban, la otra invitaba a seguir bebiendo. Donde había fuerza, había también ruido; donde había frescura, aparecía el silencio.

El cambio de vocabulario

Con el tiempo comprendí que aquel contraste anunciaba una tendencia que hoy ya es evidente. El público se cansó de los vinos densos, con exceso de extracción y madera —los llamados vinos de autor. Como decía Luis Gutiérrez, «no todos los días comemos estofado de ciervo».

Y no solo cambió el estilo de los vinos: también cambió el lenguaje. Antes se hablaba de «cuerpo», «madera» y «extracto»; hoy se habla de «tensión», «transparencia» y «paisaje». Sería exagerado decir que Gredos fue el único motor de este cambio, pero su papel ha sido determinante. Sus vinos ayudaron a demostrar que la elegancia también puede emocionar.

El nuevo lenguaje no fue un capricho: reflejaba un cambio cultural más profundo. El vino volvió a ser una expresión del lugar, no del ego.

Redefinir la grandeza

Este cambio trajo consigo una revisión de lo que consideramos «un vino grande». Antes lo era aquel potente, opulento… y, por qué no decirlo, caro. Hoy la grandeza se mide de otro modo: un vino es grande cuando emociona sin imponerse, cuando su presencia se siente más que se exhibe.

No es un fenómeno exclusivo de Gredos. En El Bierzo, en las Rías Baixas o en Valdeorras, los productores también han apostado por la finura. Y fuera de España, regiones como el Loira, el Jura o el Etna expresan esa misma búsqueda de pureza.

Dos agricultores arando un viñedo en ladera con mulas, en un campo cubierto de flores amarillas y moradas en la Sierra de Gredos.
Razón nº 3: Viticultura heroica. Así se trabaja en Gredos, volviendo al origen, con arado animal porque las máquinas no pueden entrar en estas laderas.

Los nuevos términos que definen Gredos

En la práctica, el nuevo lenguaje se resume en cuatro palabras:

Transparencia: vinos que no esconden el paisaje tras la técnica.

Pureza: uvas trabajadas con mínima intervención, sin maquillaje.

Frescura: no solo acidez, sino energía, vitalidad, impulso.

Tensión:  la acidez suficiente, esa sensación eléctrica que te hace salivar y volver al vaso.

Recuerdo de nuevo aquella cata inicial: en una copa, un vino que deslumbraba; en la otra, uno que te pedía tiempo. El primero te impresionaba; el segundo te hablaba.

Y es que, en un mundo que grita, Gredos susurra.

Tu propia revolución tranquila

Hace años, cuando empezaba a explorar el vino en serio, me obsesioné con encontrar «el mejor» de cada región. Leía críticas, perseguía puntuaciones, coleccionaba etiquetas prestigiosas. Era una forma agotadora de beber.

Lo que Gredos me enseñó —y lo que espero que este artículo te transmita— es algo distinto: que el vino más interesante no siempre es el más famoso, y que aprender a escuchar lo que una copa te dice vale más que memorizar nombres.

Por eso te propongo un experimento sencillo. No requiere conocimientos previos ni presupuesto elevado. Solo curiosidad y dos botellas.

El ejercicio: una cata en tu propia casa

Presupuesto aproximado:

  • Gredos accesible: 15-20€ (4 Monos «Tinto», Marañones «Tinto»)
  • Gredos medio: 20-30€ (Comando G «Tumbaburros», Bernabeleva «Navaherreros»)
  • Garnacha de comparación: 8-15€ (Borsao «Tres Picos», Honoro Vera, cooperativas navarras)

Total para la cata: 25-40€ para dos botellas que te darán una lección invaluable.

Cómo hacerlo (si es posible con un grupo de amigos):

  1. Consigue dos Garnachas españolas: Una de Gredos (cualquiera de las bodegas que he mencionado) y una de otra región española: Aragón, Navarra, o incluso una Garnacha de supermercado.
  2. Sírvete una copa de cada una. Puedes ponerlas a temperatura metiéndolas 20 minutos en el frigorífico.
  3. Pruébalas, con un poco de atención
  4. No busques quién «gana». En lugar de eso, pregúntate:
    • ¿Cuál te resulta más ligera en la boca? ¿Cuál más pesada?
    • ¿Cuál te deja con ganas de dar otro sorbo?
    • ¿Cuál cansa antes?
  • ¿Con cuál te imaginas cenando… y repitiendo copa?
  1. Anota tus impresiones sin usar términos técnicos. Escribe como hablarías con un amigo: «esta me recuerda a…», «esta me hace sentir…».

Lo que descubrirás no es que Gredos sea «mejor», sino que existe una manera diferente de disfrutar el vino. Una que valora la conversación sobre la exclamación, el susurro sobre el grito.

Y quizá, solo quizá, entiendas por qué cada vez más personas están mirando hacia esas montañas con otros ojos.

Porque al final, tu propia revolución tranquila empieza con una pregunta honesta frente a una copa: ¿qué estoy buscando realmente cuando abro una botella?

Pronto seguiremos en Gredos explorando sus viñedos más emblemáticos. Pero mientras tanto, ve a por esas dos botellas. Te espero del otro lado de la cata, para que me cuentes qué descubriste.

Salud.

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